
La música para este montaje fué un trabajo que hace mucho tiempo había querido hacer. El uso de materialidades no convencionales para hacer música me tenía dando vueltas hace ya unos años y esta fué la oportunidad para plasmar esa necesidad.
El extenso monólogo escrito por el francés Roland Fichet nos entrega una sensación de presidio voluntario, de ires y venires por los mismos canales pero en distintas direcciones y estados emocionales.
La dirección, a cargo de Ángela Cabezas, pone a un hombre-niño-objeto en escena, el cual es generado a través del trabajo pre-expresivo del actor (llamamos pre-expresivo al denominado "Training" actoral, es el "ensayo del ensayo", es tener el cuerpo preparado para expresar). Jesús Jorquera es el ser que encarna a este finalmente asexuado vector humano.
Las imágenes referenciales usadas fueron pinturas del artista visual irlandés Francis Bacon
(http://www.francis-bacon.cx) y auto retratos fotográficos del enigmático y artaudiano español David Nebreda.
La necesidad de crear una ambientación sonora que al mismo tiempo fuese generada desde el mismo escenario era el desafío para un mes de trabajo. A mi llegada Jesús y Ángela llevaban ya trabajando por 5 meses en el extenuante trabajo corporal.
La primera dirección dada hacia la música fué
"Queremos un sonido asi como las cañerías de una casa antigua". Ese fué el punto de partida.
La idea de tuberías viejas casi sin agua quedó dando vuelta en mi cabeza, lo cual me llevó a recolectar un amplio número de oxidados desperdicios ferrosos como clavos, tuercas y tubos, para luego probar sus sonoridades entre ellos.
Paralelamente, comenzamos a hacer pruebas con micrófonos en el suelo del escenario y la interacción del actor con ellos, tanto en forma sonora como física.
Más tarde añadimos un efecto de Delay a los micrófonos para poder contar con la repetición del sonido, logrando así subrayar eventos mediante su permanencia en el tiempo.
Ahora necesitabamos sonidos prolongados, lineales, los cuales no pudimos encontrar en los golpes de fierros. Fué el turno de agregar copas húmedas para frotar sus bocas y lograr esa vibración que solo la textura del cristal puede dar. "iiiiiiiii......" tremendo sonido, agudo, frágil y penetrante.
La cañería nos dió un concepto de agua y gota de filtración cayendo eternamente, para esto recurrí a un sintetizador Casio para niños, de teclas pequeñas, cuyos patrones de percusión básicos filtrados por el efecto de delay dieron esa sensación de sonidos primigenios, de la niñez, sin la complejidad del compositor adulto. La presencia de este tecladito permitió tambien ejecutar melodías recurrentes y un vals en piano disonante (muy básico e infantil también).
Un concepto pasó fugazmente por nuestras conversaciones de ensayo: "El tempo de la música altera las pulsaciones del corazón" lo cual nos llevó a usar en vivo y como instrumento, un metrónomo, con su vara oscilante e hipnótica. Usamos tempos lejanos a las pusaciones cardíacas de un sujeto relajado sentado en una butaca de teatro. 150 y 180 pulsaciones por segundo dieron la base rítmica para escenas tan angustiantes como la metamorfosis en perro y la caída de la silla.
Las imágenes de Bacon motivaron en mi generar acoples voluntarios de micrófono y deformar su frecuencia en vivo, modulando el espacio audible según mi interacción con Jesús.
Finalmente, me veo en escena y descubro esta manera de ser actor. Bastante lejos de lo que había pensado, pero más cercana a mi de lo que nunca hubiese imaginado.
Leonardo Cofré Zorrilla